El jazz de los años locos con la Sant Andreu Jazz Band en el túnel del Somport

Este lunes, y dentro de los actos programados con movido del aniversario de la inauguración de la Estación Internacional de Canfranc, el 18 de julio de 1928, el festival Pirineos Classic programa un divertido concierto en la entrada del túnel ferroviario del Somport. Será a las 20 horas a cargo de la Sant Andreu Jazz Band, dirigida por Joan Chamorro. En este concierto la Sant Andreu Jazz Band, la banda de jazz más joven y brillante de Europa (que visita el festival Pirineos Classic por cuarta vez) reproducirá el ambiente musical de un típico club de jazz de los años 20, conocidos como “les Années Folles” (los Años Locos).

NOTAS AL PROGRAMA

La guerra introdujo el jazz en Europa. Esta afirmación, por chocante que pueda resultar, es tan real como paradójica. Los soldados norteamericanos que lucharon en la Primera Guerra Mundial no sólo trajeron sus armas al viejo continente: también trajeron su música. Las unidades militares a menudo se hacían acompañar de bandas, generalmente formadas por negros, que interpretaban marchas y ragtimes. Gracias a ellos el jazz llegó a territorio europeo, con algunos años de retraso pero de manera triunfal. Es curioso cómo, a pesar de ser una música popular de origen afroamericano, enseguida gozó de la admiración de las clases más pudientes. Artistas e intelectuales vieron en el jazz un signo de modernidad.

Inglaterra, Francia y Alemania fueron los países donde más rápidamente se asentó. En París, los músicos, escritores y pintores de Montparnasse acudían al Club Bobino para ver cómo la afamada bailarina negra Josephine Baker se desnudaba a ritmo de charlestón. Music-halls, tabernas, bistrots y nightclubs de la Ciudad de la Luz enloquecían con los sonidos negros venidos del otro lado del Atlántico. El jazz se nutrió de los movimientos literarios y a su vez inspiró a poetas y bohemios. La locura era tal que el barrio de Montmartre era conocido por entonces como el “Harlem de Europa”. (Para los artistas negros Harlem era el centro del mundo; los blancos se referían a él como el Nigger heaven, “el paraíso de los negros”, y pronto Harlem fue conocido, inversamente, como el ‘París negro’).

Así pues, ya en el período de entreguerras, muchos músicos norteamericanos y pequeñas orquestas se lanzaron a la conquista europea. En 1919 la Southern Syncopated Orchestra trajo por primera vez a Sidney Bechet a París. Sería el inicio de una serie de constantes visitas a la ciudad. Otros artistas, bien huyendo de la Ley Seca o atraídos por el dinero y la fama, se ganaron el respeto del oyente europeo. Nombres como Louis Armstrong o la orquesta de Duke Ellington alcanzaron una inmensa popularidad en Europa durante esa época, antes incluso que en Estados Unidos. Además, a medida que el jazz se hacía más bailable —a través del swing— los salones y hoteles parisinos se iban rindiendo a los encantos de un estilo que caló hondo entre la juventud europea. El jazz conectaba con la gente, era diversión, pero también libertad. No en vano en la Alemania pre-nazi el jazz empezaba ya a tener sus detractores: Siegfried Wagner, hijo del célebre compositor, lo definió en 1925 como un “ruido bárbaro”.

A finales de los años 20, la crisis económica expulsa a un buen número de jazzmen hacia la meca europea, receptiva y vigorosa, y comienzan a crearse formas de swing –el jazz que triunfaba en aquel momento- autóctonas. La escuela principal, como era de esperar, se desarrolla en París, con un dominio casi total del Hot Club de Francia. Se trataba de un swing elaborado con un lenguaje absolutamente hot, cuyo principal representante es el grupo-estrella del Hot Club: El cuarteto del guitarrista gitano francés (aunque nacido en Bélgica), Django Reinhardt, creador de un estilo personal e inconfundible que aún hoy en día tiene influencia en buen número de instrumentistas modernos, y de su violinista, Stephane Grapelli. La escuela creada por Reinhardt se denominó jazz manouche.

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