El precio de la decencia

Ángel Samper Secorún

Secretario General de Asaja Aragón

El precio de la decencia es aquel que establece y favorece el equilibrio en la cadena alimentaria. Todos los eslabones son imprescindibles y, por ello, no es decente que unos obtengan sus beneficios a costa de otros.

El sector primario está en crisis debido a los bajos precios, salvo honrosas excepciones. A los agricultores se nos ha dado un encargo que estamos cumpliendo escrupulosamente a pesar del aumento de costes que conlleva y que lastra nuestro sector: se nos exige ahorro y eficiencia en el uso de los recursos, respeto al medio ambiente, reducción de emisiones y aumento de la producción en previsión de creciente población mundial.

Sin embargo, este trabajo bien hecho que sí repercute en el interés general no lo hace en el bolsillo del agricultor, quien ve con estupor como debe poner lo que no tiene en beneficio de una sociedad que - ¡demagogia pura!- se llena la boca hablando de ecología y medio ambiente, pero busca en los lineales los precios más baratos a costa de lo que sea.

Son demasiadas las ocasiones en las que ya no es la oferta y la demanda la que establece el valor y los precios agrarios sino factores virtuales que rompen las normales reglas de la estabilidad y la decencia. Por un lado, gracias al "Tribunal de la Incompetencia" y la verborrea de los supuestos reguladores de los mecanismos de la "cadena", estamos en manos de los intermediarios, especuladores y mayoristas. Como decía un prestigioso economista, no es muy decente esta forma de conducirse dónde todos los que están en la cadena por encima del agricultor intentan repercutir los precios hacia el eslabón inferior, manteniendo e incrementando sus márgenes. Así llegamos al último eslabón, donde está el agricultor, quien no tiene a nadie debajo para repercutir la bajada de precios. Todos siguen ganando, menos el agricultor que debajo suyo solo encuentra la tierra; esa misma tierra que, para mayor desgracia, sufre los costos y gravámenes de los encargos por y para el interés general anteriormente mencionados.

Por otro lado, vemos como van apareciendo nuevos elementos distorsionadores que inciden directamente en el valor de las cosas y que están más próximos a ese mundo virtual, en el que el precio de los productos se puede establecer sin necesidad de establecer una relación directa con su valor.

La desaceleración de las economías emergentes, principalmente China ha reducido notablemente la exportación hacia estos destinos. Por otro lado, tras la eliminación de aranceles algunos países han incrementado sus ventas en el exterior (Argentina, Rusia, Ucrania...) Y además de todo ello y de las buenas producciones y el exceso de oferta en el mundo, también ha incidido la rebaja en el coste de los fletes por el precio bajo del petróleo que han favorecido los bajos precios en los puertos.

Teniendo en cuenta todos estos factores y muchos más se ha creado un concepto nuevo que está muy lejos de la realidad en la que se mueve el sector agrario y donde las materias primas han pasado a formar parte también de los productos financieros. Al materializarse en el mundo las bolsas de materias primas, han crecido estas en dicho entorno financiero y se han desarrollado nuevos conceptos del término mercancía. La definición legal utilizada en los Estados Unidos según la cual un commodity es todo aquello que sea subyacente en un contrato de futuros de una bolsa de productos establecida ha pasado a ser una realidad tan evidente que el hecho que nos anuncien un precio bajo para el maíz en este mercado de futuros para el año próximo, incrementa nuestra preocupación. Y más aún cuando con la inestabilidad de diversas monedas y la crisis económica europea los commodities se convierten en una alternativa de protección patrimonial. Porque no olvidemos que todos los aspectos virtuales acaban convirtiéndose en negativos para el sector agrario incluso esta apuesta patrimonial que aparentemente pudiese encerrar aspectos positivos.

¿No sería razonable extender mecanismos reales para evitar que toda virtualidad intoxique lo más sagrado: la alimentación? .Nada debería ocupar más a nuestros gobernantes que la preocupación de cubrir las necesidades de alimentos en el mundo con respeto al medio ambiente y a un precio razonable que permita al agricultor vivir de su trabajo y establecer un equilibrio social y territorial en el entorno dónde se mueve. Los mecanismos del interés de todos deben existir y ser regulados por quienes deberían estar entregados a ello: los buenos políticos y como consecuencia, las administraciones públicas. Y no hablamos de intervencionismo sino una vez más de interés general y sobre todo de DECENCIA En el sector primario estamos acostumbrados a vivir con el riesgo, no deseamos intervencionismo pero lo que hemos descrito sí necesita regulaciones por cuanto no se nos puede tener constantemente “vendidos”.