opinión

A vueltas con el Seminario

Colectivo Ciudadano de Huesca

Asegura el alcalde que “antes de llegar a las próximas elecciones, el Seminario debe tener un escenario definido para actuar y nos han llegado propuestas viables”. A renglón seguido, sin embargo, hay que añadir que Luis Felipe no da cuenta de las señaladas propuestas porque tanto a él mismo, como al Ayuntamiento en pleno, el patrimonio y la ciudadanía preocupada por el mismo les importan un pito. Desoyen las iniciativas de asociaciones y particulares referidas al viejo caserón del Seminario, ignoran con prepotente soberbia solicitudes de reunión para analizar el curso de las cosas, abominan de la acción pública y libre, imbuidos de una concepción primaria que aboca “lo viejo” al desguace, y en la que no caben los términos recuperación, rehabilitación o reforma. Buscan reeditar fatalidades como la pérdida del Teatro Principal, la Casa Carderera, el Aero Club…

Sin duda es más rentable y vistoso desde el punto de vista electoral, invertir los recursos en proyectos urbanísticos de novedad. Así, ahora mismo en el final del mandato, el PSOE tiene puestas sus esperanzas para revalidar la alcaldía en los cientos de miles de euros que se mueven en Ramón y Cajal, en el entorno del Alcoraz o en el asfaltado general que llevará la precampaña por barrios envuelta en vapores de riego alquitranado.

El edificio del Seminario tiene acreditada suficiente entidad histórica, arquitectónica, artística e incluso sentimental en el ideario oscense, como para haber sido objeto de una ponencia municipal en la que se pudiera escuchar la voz de expertos en patrimonio, arqueología e historia de la ciudad, técnicos de los que incomprensiblemente carece la estructura funcionarial local. Pero las opiniones críticas chirrían en los delicados tímpanos de los munícipes, por eso mejor acallarlas, o ignorarlas como si de un molesto y pertinaz ruido se tratara.

Muchos intereses trabajan contra la viabilidad del edificio, el propio Patronato del Estudio General abona el incierto futuro del conjunto al aprobar con entusiasmo la propuesta de devolución del inmueble al Ayuntamiento presentada por la Universidad. Después de 18 años de cesión, el Rectorado, para justificar su inacción, se reserva algo menos del diez por ciento de la superficie construida, pero se desentiende del resto tanto como del deterioro sufrido por el conjunto durante todos estos años de preterición y silencio.

Llama la atención que las instituciones representadas en el Patronato asuman con naturalidad el trueque, sin plantearse que más de la mitad del edificio de las antiguas Residencias, también cedido a la Universidad, está sin uso y en un incierto estado de conservación. No resulta menos llamativo que el Ayuntamiento en pleno haya evitado explorar la posibilidad de albergar en la ciudad el Archivo General de Aragón, operación sin coste para las arcas municipales que salvaría el edificio con un uso viable y garante de la revitalización de esta zona del casco antiguo. En cuanto a la administración y provecho de un gasto de 500 millones de pesetas invertidos en la compra del inmueble, la actuación municipal a lo largo del tiempo se revela de todo punto negligente, incluso deplorable en términos de responsabilidad social y gestión pecuniaria.
El mandato municipal que concluirá en la próxima primavera no quedará en la memoria por el enriquecimiento ciudadano en materia de ornato, resolución de problemas relacionados con la historia de la ciudad, promoción del arte público o incorporación de yacimientos arqueológicos a las rutas culturales urbanas. Antes al contrario, nada se ha hecho en este aspecto sino prolongar la incuria negligente y la degradación de notables enclaves.

El rescate de los ábsides de la iglesia de San Pedro el Viejo que alguien puede esgrimir como argumento paradigmático de intervención -habrá que repetirlo hasta que se nos escuche-, no justifica la parálisis de lustros en la musealización y recuperación del Círculo Católico. Tampoco oculta la realidad incontrovertible de que los restos hallados en el solar de la calle Zarandia donde se iba a construir la sede del Colegio de Arquitectos, se hayan convertido en una sentina y el yacimiento allí excavado, siquiera a medias, sufra la agresión del tiempo y el absoluto abandono a pesar de las prescripciones instadas en su día por la propia Dirección General de Patrimonio. Excavaciones en solares como el de la calle Artiga en su confluencia con Vidania -por cierto, una peligrosa grúa gira caprichosa y amenazadoramente removiendo su oxidada estructura cuando el viento se empeña en alertar de su presencia a los vecinos-, el ya endémico conflicto de Casa Vilas, el caserón medio derruido de la plaza de San Pedro… Demasiados asuntos pendientes, cicatrices de primera en una ciudad donde querer no es suficiente para poder.

Por fortuna no todo está perdido para el viejo Seminario, testigo de épocas de prosperidad y decadencia altoaragonesa a lo largo de casi diez siglos. El Colectivo Ciudadano que suscribe este escrito, recabó la firma de más de mil doscientas personas que reclamaban la salvación del edificio, y planteó una solicitud de declaración como Bien de Interés Cultural cuya resolución, por parcial, ha sido recurrida, lo que impide cualquier intervención hasta que no se haya sustanciado el expediente. Además, el esperanzador resultado de más de una veintena de catas arqueológicas practicadas en el subsuelo y otras también verticales, realizadas recientemente en distintos espacios del conjunto, revelan un potencial arqueológico de enorme magnitud.

Finalmente, si la política pesa más que los dictámenes técnicos en el futuro del Seminario, queda la instancia judicial para cruzarse en el amenazante proceso de demolición y almoneda que quiere hacer tabla rasa de una parte de nuestra historia. No podemos permitirnos nuevos atropellos patrimoniales, aunque vengan urgidos por la agenda electoral del alcalde.

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