análisis

El virus tiene escolta

Por Miguel Ángel Liso

Vivimos en una pesadilla constante desde que apareció el coronavirus. Los cambios bruscos e inesperados de nuestros hábitos sociales, el desvanecimiento de proyectos ilusionantes, el desplome feroz de la economía y la incertidumbre ante el futuro han provocado una alucinación general que, por desgracia, es innegable. Pero el virus, según vamos viendo con el paso de los meses, no está solo, sino que tiene también otros compañeros de viaje que, a modo de nuevos bacilos, consiguen fortalecer o evitar que decaiga el original. Así, nos enfrentamos al virus propiamente dicho y a otros dos que por su comportamiento, que no por su naturaleza, en nada contribuyen a alcanzar soluciones y transmitir confianza a la sociedad.

Uno de ellos, por su cuota de responsabilidad, corresponde al Gobierno y a otras administraciones públicas. No es que los gobiernos de la España plural sean por sí mismos un virus maligno, solo faltaría. Todo lo contrario. Su obligación, y seguro que sus intenciones son buenas, es preservar la salud de las personas, pero su proceder en la nueva ola de la pandemia, con su desorientación, contradicciones, enfrentamientos, descoordinación, impericia e indecisiones, sí están perjudicando a los ciudadanos y constituyendo una línea defensiva Maginot en favor del virus, que entorpece la estrategia contra la covid-19. Y al enemigo, ya se sabe, ni agua.

Con este tipo de comportamientos, e instalados además en la bronca permanente, se ha logrado generar entre los ciudadanos el virus del desconcierto y de la desconfianza, una sensación entre la impotencia y el desconocimiento. Con un vistazo a las diferentes medidas tomadas en todo el territorio nacional se puede concluir que lejos de la unidad necesaria ante un mal virulento y mortal, cada cual deambula por diferentes veredas sin reparar en el daño que las dudas y la inquietud provocan en la gente. Calados por el desconcierto e inmersos en un mar de dudas, los ciudadanos se preguntan hacia dónde vamos, y no porque ellos lo sepan, sino porque temen que quienes les administran tampoco lo conozcan.

Lo que hace falta ahora mismo es un mensaje rotundo y claro que ponga fin a este insólito desbarajuste. A estas alturas cabría preguntarse ante lo que se avecina si no sería más efectiva la instauración de un organismo sanitario, dependiente del Gobierno, pero integrado por personalidades de reconocido prestigio, con nombres y apellidos, no imaginarios, que gestionase para todo el país la lucha contra la pandemia, apoyándose en la logística y en la colaboración de las autonomías y, desde luego, con un respaldo político sin fisuras.

El otro virus no es otro que el de la irresponsabilidad de una minoría de ciudadanos, cuyo comportamiento ante la pandemia está produciendo un efecto devastador por sus consecuencias en la propagación de la enfermedad.

Mientras que la sensatez de la mayoría de ciudadanos les lleva, pese a sus recelos y profundo malestar, a cumplir las normas, hemos descubierto a personas vacías de compromiso que se burlan y burlan las medidas implantadas, que pese al desorden descrito sólo deben buscar salvar vidas. Son irresponsables insolidarios y frívolos que atentan contra la salud pública, es decir, la de todos.

Un buen amigo, explorador de la mente humana, está profundizando en plena pandemia en la teoría del ‘estrabismo del cíclope’, que ya es desgracia para estos gigantes mitológicos con un solo ojo padecer ese defecto. Simplificando, ese estrabismo radical, aplicado a una situación tan excepcional como la que vivimos, evidencia una ceguera irreflexiva, dogmática y rígida de la clase política, que obstaculiza adoptar ante lo evidente las medidas más acertadas. Un estrabismo enfrentado a la solidaridad, a la altura de miras y a la tolerancia.

Por eso estamos metidos en un bucle muy poco alentador. Tras el ejemplar confinamiento domiciliario que la ciudadanía demostró hace unos meses, tendríamos que mostrar, con orgullo, unos números más optimistas, como correspondería al resultado de aquel enorme sacrificio. Sin embargo, la impresión es que retrocedemos y que la odiada covid se mueve a sus anchas escoltada por el desconcierto y la irresponsabilidad.

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